«Sucumbiste a la esfera momentánea
de tus propios relojes interiores
que te marcaron la hora de la muerte,
el momento elegido por los nombres
de Dios, eximio y misericordioso
con los cuerpos desiertos que aborrecen
la radical consumación del hombre.
Fue una tarde de invierno en que la casa,
cerrada y alevosamente fría,
no había perpetrado ningún lecho
de rosas blancas, negras o amarillas
para que el rojo fuera solamente
el color aportado por tu sangre,
por el vaho fugaz de la alegría
de las calles vecinas y adornadas
con disfraces que gustan a los niños.
Fluían los rencores y el olvido
reinaba en los confines de la tierra
menos por ti, que todavía amabas
mi cuerpo adolescente, breve y tímido.
Querías despertar donde el amor
fuera un mundo real en lo infinito.
El invierno arreciaba y tú te fuiste
como llama que danza sobre el fuego,
abriéndole las venas a la vida
y cerrando los ojos a tu sueño.»
(poema MUERTE EN LA TIERRA)
© Israel Clarà, 2008